LA COOPERACIÓN MISIONERA Y LA MISIÓN AD GENTES EN LA MISIÓN CONTINENTAL

LA COOPERACIÓN MISIONERA Y LA MISIÓN AD GENTES EN LA MISIÓN CONTINENTAL

Padre Felipe de Jesús de León Ojeda
Secretario Ejecutivo del Departamento de Misión y Espiritualidad del CELAM 
Ponencia en el XI Encuentro Americano de Directores Nacionales de OMP, Cuba 2015 

INTRODUCCIÓN

Convocada por la Conferencia de Aparecida, la Iglesia presente en América Latina y El Caribe inició, con renovado ardor y entusiasmo, un camino nuevo, centrado en la vocación fundamental de todo cristiano: ser “discípulo misionero de Jesucristo, Camino, Verdad y Vida de la humanidad, para que en Él nuestros pueblos tengan vida en abundancia”.

Esta propuesta que se dirige a todo el pueblo de Dios de nuestro continente quiere rescatar, con particular intensidad, la vocación misionera de la existencia cristiana y de la comunidad eclesial. Está en sintonía con el Concilio Vaticano II que resalta la naturaleza misionera de la Iglesia, pueblo de Dios al servicio del Reino. “Toda la Iglesia es misionera y la obra de evangelización es deber fundamental del Pueblo de Dios” (AG 35; cf. Eg 111).

Aparecida, con alegría y esperanza, “recuerda a los fieles de este continente que, en virtud de su bautismo, son llamados a ser discípulos misioneros de Jesucristo” (DA 10) en una época de profundas e impactantes transformaciones socioculturales y religiosas que inciden en el corazón de nuestras familias y de nuestra sociedad.

La Iglesia es totalmente misionera y la misión está al centro de la vida de la Iglesia, comunidad de los discípulos misioneros de Jesús. Por consiguiente, la misión no es tarea exclusiva de algunas personas o de un grupo de personas, ni tampoco una actividad esporádica u ocasional. No se limita a una campaña, a un tiempo especial, sino que es un modelo de ser cristiano; es parte integrante de la identidad cristiana. Toda la Iglesia es misionera en sus miembros, en sus acciones y en sus estructuras.

1. UNA MISIÓN CON DIVERSAS MODALIDADES (cf. Eg 14)

Con la ayuda de la Redemptoris Missio podemos hacer claridad en torno a la relación entre algunos conceptos y algunas realidades que tienen que ver con la misión. La precisión del lenguaje contribuye a una mayor acogida y a una mejor comprensión de la misión de la Iglesia.

San Juan Pablo II afirma que la misión de la Iglesia es una, pero según los destinatarios (interlocutores) de la misma, adquiere diversas modalidades.

Cuando la misión de la Iglesia se dirige a los cristianos se llama Pastoral. Es la misión como ayuda al crecimiento en la fe, la esperanza y la caridad de cada cristiano y de cada comunidad cristiana.

Cuando la misión de la Iglesia se dirige a quienes una vez fueron cristianos pero que, por diversos motivos, le dieron la espalda a Cristo, esta misión se llama Nueva Evangelización.

Cuando la misión de la Iglesia se dirige a quienes nunca han acogido a Cristo como Dios y Señor y es necesario ofrecerles el primer anuncio de Jesús desde el testimonio de fe y de amor a Cristo de quien anuncia, se llama Misión ad gentes.

En una situación de cristiandad parecía que todos los hombres fuesen cristianos porque todo respiraba cristianismo sea en las culturas como en las instituciones. Pero cuando la cristiandad se dejó de lado y se introdujo una pluralidad de visiones y de credos, tomó mucha fuerza la pluralidad de situaciones religiosas y empezaron a crecer todos aquellos que le daban la espalda a Cristo en nombre de la Razón y la modernidad. Naturalmente, en las generaciones siguientes, al fallar la comunicación de la fe, aparecieron personas que no habían acogido a Cristo en sus vidas, sencillamente porque no lo conocían.

Además, los nuevos continentes de África, América y Asia ofrecían un panorama muy especial. Numerosos pueblos desconocían a Jesucristo y aunque el Espíritu Santo trabajaba en esos pueblos sembrando semillas del Verbo, era oportuno anunciarles explícitamente a Jesucristo y su mensaje como una propuesta de vida y libertad para ser acogida en la fe.

Esta situación nos ofrece cinco elementos muy importantes:

1) Si es verdad que una diócesis se identifica con un territorio para llegar a todos los que se encuentran en esa circunscripción, entonces la diócesis debe llegar a los cristianos, a los ex-cristianos y a los aún no cristianos presentes en el mismo. Si la misión de la Iglesia toma únicamente la modalidad de pastoral, según la división de san Juan Pablo II, y se dedica únicamente a la atención de los cristianos, pues no cumple con su misión global que le pide llegar también a los ex-cristianos  con la nueva evangelización y a los no cristianos de la diócesis con la Misión ad gentes.

2) Si la Iglesia está llamada a ir a todos los pueblos para anunciar el evangelio, entonces, la Iglesia universal y cada una de las Iglesias locales o diócesis deben interesarse en llegar a esos pueblos con el primer anuncio de Jesús.

3) Lo anterior significa, que toda diócesis tiene dos frentes de Misión ad gentes: uno ad intra, dentro de su realidad territorial y otro ad extra, más allá de sus fronteras, cercanas o lejanas, hacia los pueblos de la tierra todavía no cristianos. No puede reducir su compromiso con la Misión ad gentes, a la Misión ad gentes ad extra de carácter universal, ni tampoco a la Misión ad gentes ad intra, dentro de su propia realidad local, humana y cultural. Pero, en virtud de la caridad y del compromiso universal de todo católico, cada Iglesia local está llamada a ayudar, en la medida de sus posibilidades a las otras Iglesias locales también en el campo de la pastoral y de la nueva evangelización. Ese compromiso suele llamarse ayuda entre Iglesias hermanas.

4) En Aparecida los Obispos de América Latina y El Caribe consideraron que nos habíamos dedicado de manera especial al cuidado de los cristianos católicos del continente pero menos de aquéllos que, por diversos motivos, iban dejando la Iglesia en cantidades alarmantes y por los que nunca habían acogido a Jesucristo en sus vidas dentro y fuera del continente. Este descuido afectaba la totalidad de nuestro compromiso eclesial, Los Obispos sentían que era necesario superar la pastoral de pura conservación de los cristianos y pasar a una pastoral que saliese en busca de los que se habían retirado y de los que aún no eran cristianos. Esta pastoral debía incluir las tres modalidades de misión indicadas por san Juan Pablo II y se le dio el nombre de Pastoral misionera y toda la Iglesia está invitada a entrar en esta visión misionera al servicio de la vida, a la manera de Jesús (DA 365).

5) La misión de la Iglesia, como los trenes, procede sobre dos rieles indispensables que son: la evangelización y la promoción humana. Considerada la evangelización, era necesario también considerar la promoción humana y, por ello, aparecida reiteró su opción preferencial por los pobres de todo el mundo, su opción por el desarrollo integral, su opción por la vida y los derechos humanos y su opción por una cultura de la vida en contraposición a una cultura de la muerte.

2. LA MISIÓN EN EL CONTINENTE Y DESDE EL CONTINENTE, ANIMADORA DE LA PASTORAL MISIONERA

La Misión Continental pretende alcanzar cinco logros, a partir de los cuales podemos enfrentar la gran pregunta de qué es la misión continental y su relación con la Misión ad gentes.

Acercarse

La misión será un acercarse cariñoso, devoto, respetuoso a la gente, a sus hogares, a su cultura, a su fe. De manera especial quiere llegar a quienes están en crisis religiosa o han caído, por diversos motivos, en el indiferentismo. No es un acercarse como quien está de paseo o tiene curiosidad, Es un acercarse porque somos enviados por el Señor como fueron enviados los apóstoles casa por casa.

Ese acercarse tiene como signo vivo la amistad como fue el acercarse en los primeros tiempos de la Iglesia que llevó a que el cristianismo se expandiera por todas partes.

En efecto, los estudios sobre la difusión del cristianismo han indicado que un factor importante fueron las relaciones interpersonales que ya se daban con los propios parientes y amigos. Así como Andrés llamó a Pedro, muchos otros llamaron a sus familiares[1].

Sin embargo, esa red de amigos y conocidos no se volvió cerrada, sino que pudo mantenerse abierta. De allí que fuese creciendo poco a poco. Las redes cerradas acaban con los nuevos movimientos religiosos.

El cristianismo, desde us orígenes, no fue una secta. Una secta surge cuando dentro de un movimiento religioso hay una separación. Los que se separan tienen como finalidad renovar el movimiento religioso, lograr que sea mejor. A partir de la resurrección de Cristo, novedad absoluta, era claro que el cristianismo no pretendía renovar el judaísmo para que fuese mejor judaísmo ni renovar el paganismo para que fuese mejor paganismo. Era algo completamente diferente de los dos anteriores.

Era una novedad. Era un nuevo movimiento de culto. Pablo no pide a los paganos que sean mejores paganos sino les ofrece un nuevo Dios, el Dios revelado en Jesucristo. Como tal, el cristianismo empezó a ser fuerte especialmente cuando llegó a las clases más instruidas, lo que hoy podríamos llamar la clase media, pero se dirigía a todos ya que cuanto ofrecía era algo que no estaba dentro de ninguna de las posibilidades humanas: la salvación, la vida eterna.

Basta pensar que los esfuerzos misioneros de Pablo tuvieron más éxitos dentro de las clases media y alta, como nos indican los historiadores actuales del Nuevo Testamento[2]. Si aceptamos cuanto nos dice Aparecida que debemos inspirarnos en la Iglesia primitiva, hay que hacer una opción de acercamiento especialmente a las clases media y alta que se encuentran en situación de búsqueda especialmente frente a las dificultades actuales que los llevan al escepticismo y al indiferentismo. El cristianismo debe ser para ellos una novedad, debe incluir una innovación cultural frente al mundo de hoy, es decir, debe ser profético y contracultural.

Esto quiere decir que el acercamiento cuidadoso y preferencial, mas no exclusivo, a quienes tienen una cierta preparación cultural no debe chocar contra una forma tradicional de ver los orígenes del cristianismo como un hecho de los más pobres que encontraban una forma de superación de su pobreza.

Si esta visión hubiese tenido un cierto aire de acción política por parte de un supuesto movimiento proletario, el Estado romano jamás habría aceptado el cristianismo y hubiese aplastado este nuevo movimiento, sin misericordia. Pero el Estado romano no lo vio como un movimiento político, aunque hubo algunas excepciones, sino como un nuevo movimiento de culto.

Encuentro

La misión invitará de corazón a vivir el encuentro con Jesucristo vivo, porque no basta tener una fe religiosa; es necesario vivir una fe cristiana cuyo centro y fundamento es la persona de Cristo y el encuentro con Él. Por eso, cuando se desea no es otra cosa que suscitar un destello de asombro por la persona de Jesús.

Para alguien puede ser el primer asombro, no el asombro de encontrarse frente a una doctrina sino frente a una persona de carne y hueso llamada Jesucristo. Gregorio de Niza decía algo difícil pero bellísimo; “Los conceptos crean ídolos, sólo el estupor convence”. Se trata del estupor o sea el asombro frente a una presencia concreta, la de Cristo, el Señor.

El encuentro con Cristo es encuentro con una persona real, concreta, viva, no con una idea o un conocimiento de Jesús. Es un encuentro que genera asombro ante una presencia en el cual la gracia juvenil encuentra el corazón del hombre atrayéndolo hacia sí.

El mecanismo propio del cristianismo consiste en recomenzar siempre. La tragedia de la Iglesia, decía Paguy, es la reducción que hizo del cristianismo a símbolos religiosos para transmitir una ética. Toda la Iglesia reducida a una inmensa escuela de enseñanza.

Pero puede suceder que el corazón del hombre, tocado por la gracia, se asombre. Basta algo así y el cristianismo renace. Por eso Aparecida es explícita en su invitación: Recomenzar desde Cristo y asombrarse una vez más de su presencia y de la belleza del encuentro con Él (DA 12).

Identidad

La identidad es la historia de mí mismo que yo me digo a mí mismo. La misión nos moverá todos los cristianos a tomar conciencia de que nuestra identidad, como las medallas, tiene dos caras: Somos, sin excepción, a la vez discípulos y misioneros de Jesucristo vivo, es decir, llamados por Él y enviados por Él al mundo, para que en Él todos tengan vida. Nuestra historia tiene dos capítulos: el del discípulo y el del misionero. Desgraciadamente, en los últimos siglos, se ha escrito mucho el primer capítulo, el del discípulo pero muy poco el segundo, el del misionero.

Veamos brevemente esos dos capítulos.

A. El discípulo

Para ser discípulo no cuentan ni las capacidades intelectuales ni las morales sino en primer lugar la llamada de Jesús, quien llamando crea en nosotros algo nuevo. San Juan Pablo II advertía que el ser discípulo no esa específica pertenencia social sino una vocación, un llamado. Esto es esencial.

¿Qué características tiene el discípulo de Cristo?

Ya vimos la primera: El discípulo no escoge al Maestro sino es escogido por él. “Llamó a los que él quiso” (Mc 3, 13).

Segunda: El discípulo acepta seguir al Maestro que lo llama, hasta el fondo, con todas sus consecuencias. “Vamos nosotros con él hasta morir con él” (Jn 11, 16). De manera que el discípulo está atento a no ser merecedor del reproche de Agustín: “Corres muy bien pero por el camino equivocado”,

Tercera: El discípulos sigue por el mismo camino del Maestro. No usa el camino como una inspiración, como un modelo para hacerse su propio camino. No hay dos caminos.

Cuarta: El camino no se hace solo pues Cristo precede, va adelante (Jn 10. 3-4). El discípulo lo sigue, no como admirador de una nueva cultura; no como estudiante de doctrinas, sino como aprendiz en el arte de ser crucificado (Jn 16, 2).

Quinta: El discípulo sigue al Maestro muy de cerca teniendo fijo los ojos en el Maestro, estando en comunión con el Maestro.

B. El misionero

De las tantas formas como podemos entender esta identidad, tomemos la forma misionera de la mujer samaritana que vivió la misión en cuatro actos.

Primer acto: Dejó el cántaro. ¿Cuál es el cántaro que debemos dejar hoy para vivir nuestra identidad misionera?

Segundo acto: Corrió a la ciudad. La ciudad es el mundo hacia el que somos enviados. Tanto amó Dios al mundo que envió a su Hijo para salvarlo. Como misioneros, somos enviados al mismo mundo para continuar la misma misión. Cuando presentamos a un Dios sin mundo, la gente termina concibiendo un mundo sin Dios.

Tercer acto: Dijo a la gente. Comunicó la experiencia de Dios que tuvo en el encuentro con Jesús y su testimonio fue una invitación para que tuvieran la misma experiencia. Es un paso fundamental que nos dice mucho hoy cuando no es muy fuerte la transmisión de la fe.

Cuarto acto: También nosotros hemos visto y escuchado. Esta es la exclamación de los ciudadanos que fueron donde Jesús, gracias al eco que la Samaritana hizo a las palabras del Maestro. Estas palabras de los ciudadanos habrán llenado de alegría a esta mujer al descubrirse ministra, servidora, misionera, esto es, portadora de un agua más valiosa que la de su cántaro.

Otros

Los otros son aquellos que, habitualmente, consideramos como ubicados, no en nuestra orilla de fe, de cultura, de nación, sino en la otra orilla. Los otros son quienes se encuentran en las otras diócesis, las otras naciones, los otros continentes, las otras culturas, las otras religiones.

La misión nos pedirá movernos en amistad y solidaridad hacia estos otros que están más allá de nuestra orilla, para compartir con ellos la alegría de la fe y el apoyo a los más necesitados.

El problema es que aunque no nos encerremos en nosotros mismos, podemos terminar encerrados en lo conocido y amado por nosotros, y nada más. Perdemos de vista la totalidad del mundo y nos volvemos cono la rana del pozo que lo consideraba como lo máximo en términos de agua y cuando una rana que vino del mar le habló de la inmensidad del océano la consideró una embustera, una mentirosa, una engañadora. Y siguió convencida de que su pozo era lo máximo que se podía concebir.

Esta pérdida del horizonte de los otros, de los que viven otra experiencia de fe no cristiana y viven otro tipo de cultura, no ha sido sólo personal sino también eclesial.

“La Iglesia es bella como la luna, como quiera que es iluminada por la luz de su Esposo, Cristo”. Así escribía un monje, en el siglo IX, retomando una imagen muy querida por los Padres de la Iglesia. Pero en los siglos inmediatamente siguientes esta imagen se olvidó, o mejor, se deformó. La Iglesia construyó una cristiandad medieval donde se creía que todo el mundo ya había sido evangelizado, de manera que “el otro” no evangelizado desapareció del horizonte, Como si no fuera poco, la Iglesia asumió la función de sol –en forma delegada- y la luna venía a ser el poder temporal que naturalmente dependía en definitiva de ese sol llamado Iglesia.

Podemos criticar justamente esta aridez misionera de la Iglesia pero no podemos olvidar que es la misma aridez misionera de muchos cristianos hoy, que han perdido conciencia de si propia identidad de discípulos misioneros. De allí la insistencia tan fuerte de Aparecida en que se recobre la identidad cristiana. Todo esto significa que la misión continental se coloca al servicio de la Misión ad gentes en su doble modalidad hacia adentro y hacia afuera. Es necesario dejar de pensar que la misión continental se opone a la Misión ad gentes cuando lo que busca es precisamente darle una fuerza especial a partir de la identidad cristiana misionera y de su apertura al otro, ese otro para quien Cristo es un extraño.

Unidad

La misión nos pide con las palabras de Aparecida (365) una unidad de todos, obispos, sacerdotes, religiosos consagrados, laicos, movimientos y comunidades, en torno a la pastoral misionera, para anunciar a Jesucristo en el mundo entero.

En forma muy general, Aparecida introduce el cambio o conversión que es necesario realizar en todo el continente:

La conversión pastoral de nuestras comunidades exige que se pase de una pastoral de mera conservación a una pastoral decididamente misionera. Así será posible que “el único programa del Evangelio siga introduciéndose en la historia de cada comunidad eclesial (NMI 12) con nuevo ardor misionero, haciendo que la Iglesia se manifieste como una madre que sale al encuentro, una casa acogedora, una escuela permanente de comunión misionera (370).

Hay dos términos que se utilizan de modo muy variado y pueden generar confusiones. Uno es el de “misión continental” y el otro es el de “misión permanente”.

Es conveniente aclarar que la misión continental es un evento evangelizador que tiene lugar durante un determinado tiempo y lugar. Es algo puntual y pasajero pero tiene una finalidad precisa. La misión continental busca infundir el sentido misionero en la pastoral para que ésta sea en forma permanente, una pastoral misionera. Esta pastoral misionera bien se puede llamar la misión permanente.

3. EL FRUTO PASTORAL DE LA MISIÓN

El fruto pastoral no es otro que ese pasar de la pastoral de conservación a la pastoral misionera. Este paso es como una expresión sintética y general de muchos pasos explícitos y específicos que hay que dar. Para que se tenga una idea de estos pasos, conviene presentarlos en forma muy sencilla y siguiendo de cerca la pastoral misionera de San Pablo y haciendo ver cómo los mismos favorecen la Misión ad gentes:

3.1 Paso de una fe religiosa a una fe cristiana cuyo centro y fundamento es Jesucristo vivo

Es obvio que Pablo era un hombre de fe y muy religioso. El encuentro con Cristo significó en su vida acoger en la fe a Jesucristo vivo y de una manera radical y decidida: “Todo lo considero basura a cambio de ganarlo a Él y encontrarme unido a Él” (Fil 3, 8).

Que importante es volver a mi persona y preguntarme: ¿Conozco a Jesús Vivo o sólo conozco la doctrina, las teorías, o las novelas, sobre un Jesús hecho a medida del mercado?

3.2 Paso de mi acción pastoral a la acción pastoral de Cristo

El encuentro de Cristo con Pablo concluyó con una pregunta de Pablo: ¿Qué debo hacer? Desde ese momento, Pablo deja su “pastoral” dentro del partido fariseo, se despojaba de su actitud fanática consecuente que lo llevaba a ser perseguidor de los cristianos y cesaba de ser el defensor estricto de la ley al comprender que la única pastoral que le correspondía realizar era la de Cristo, desde la fe y el amor y no desde la ley.

Sepan ustedes esto, hermanos: el Evangelio que yo anuncio no es invención humana. No lo recibí ni lo aprendí de hombre alguno, sino que Jesucristo mismo me lo hizo conocer (Gal 1, 11).

El mensaje era claro. Dado que la Iglesia no tiene una misión propia sino que ha sido creada para continuar la misión de Cristo, su pastoral debe modelarse, no sobre una visión propia de la Iglesia, sino sobre la persona misma de Jesús.

3.3 Paso de una pastoral apoyada en la socialización a una pastoral que apoya la personalización

Uno de los dones que he recibido desde pequeño es la vivencia religiosa. Puedo aceptarla como la he recibido, puedo rechazarla como ha acontecido en algún caso o puedo sencillamente perfeccionarla y asumirla de una manera más consciente y más personal. En este último caso, estoy pasando de la socialización a la personalización donde yo hago una opción que, con la gracia de Dios, me lleva a un encuentro muy personal con Jesucristo vivo.

El encuentro con Cristo llevó a Pablo a tomar decisiones personales muy en contravía con cuanto había sido el proceso de socialización y de educación vivido desde su infancia. En Jesús se ha revelado o manifestado el nuevo rostro de Dios y esto ha cambiado el destino de Pablo. Era una nueva vida, fruto de su opción por Cristo a quien Dios Padre había revelado en él. Era el hombre nuevo que tomaba forma en Pablo por la acción del Espíritu Santo.

3.4 Paso de una pastoral de discípulos a una pastoral de discípulos misioneros

Hay cristianos que son muy buenos cristiano, que podían estar en el nicho donde se colocan las imágenes de lo puro buenos que son, pero no pasan de ser imágenes inmóviles, no hay en ellos disponibilidad para ponerse en circulación, esa circulación de que hablaba Jesús cuando enviaba a los apóstoles por todo el mundo. Estos cristianos son muy buenos discípulos pero les falta descubrir la otra mitad de su ser cristianos: ser misioneros.

El encuentro de Cristo con Pablo fue simultáneamente un llamado a ser discípulo y una indicación de su nueva condición de misionero, enviado por Cristo a los gentiles. Pablo podía colocarse en la misma línea de los llamados profetas del pasado como Jeremías y de Isaías.

Pero Dios me escogió antes de nacer y por su gran bondad me llamó, tuvo a bien hacerme conocer a su Hijo, para que anunciara su evangelio entre los no judíos. Y no fui entonces a consultar con ningún ser humano; ni fui tampoco a Jerusalén a ver a los que eran apóstoles antes que yo. Por el contrario, me dirigí sin tardar a la región de Arabia, y luego volví a Damasco (Gal 1, 16-17).

3.5 Paso de una pastoral en mi propia orilla a una pastoral en la otra orilla

En el cementerio nacional de Arlington, durante las 24 horas del día, un soldado está allí como vigilante, en posición firme, como impone un lugar tan solemne. Cada hora este soldado es relevado por otro. La ceremonia es sencilla. El soldado que sale, le dice al soldado que entra: “Las órdenes no han cambiado”.

Cambiemos la vigilancia del soldado por la vigilancia del cristiano, llamado también a ser centinela cada día. Una generación de cristianos y cada uno en particular debe decir a la siguiente: “Las órdenes no han cambiado”.

¿Cuáles son esas órdenes? ¿Cuál es ese mandato tan especial que no ha cambiado? De diversas maneras los Evangelios nos ofrecen cada una de esas órdenes que solemos llamar el mandato misionero.

Si hay alguien que con pasión quiso obedecer a esta orden, fue san Pablo. La Carta a los Romanos fue un grito misionero de ayuda a esa comunidad por parte de Pablo para que lo ayudasen, lo enviasen, lo recomendasen y pudiese llegar hasta los últimos confines de la tierra conocida y que se ubicaba en España.

Esta visión geográfica debe ampliarse hoy con la visión cultural y la visión de la fe. La otra orilla es todo pueblo, toda cultura y sobre todo, toda persona, esté cerca o esté lejos, donde sea necesario repetir el gesto de Pablo de encender el fuego de la fe por primera vez.

3.6 Paso de una pastoral que asume la misión hacia los que no creen en Cristo como una acción puntual, a una pastoral que asume esta misión como corazón mismo de la pastoral misionera

Cuando en una parroquia o en una diócesis, cuya pastoral es de pura conservación, sus coordinadores se dan cuenta de ello, entonces tratan de dar un cariz misionero organizando una misión de ocho días e invitando para ello, expertos que vienen de fuera.

Hay una pastoral que ve lo misionero como algo puntual, ocasional, eventual y claro está, accidental. Por el contrario, hay una pastoral que se declara toda ella en estado de misión permanente y muy atenta a la lectura de los signos de los tiempos.

San Pablo no vivió una pastoral de ocho días. No me refiero sólo al hecho de sus continuos viajes sino al hecho de que todos los elementos de su pastoral miraban a encender el fuego de la fe allí donde no estuviese encendido. Su opción primordial era por estas situaciones.

Por eso, él se definía como el apóstol de los gentiles, es decir, de los paganos; por eso, realizó sus incansables viajes; por eso, el estilo misionero de sus cartas, por eso la fundación de comunidades, por eso su espiritualidad de hombre muchas veces encadenado pero convencido de que la Palabra de Dios no está encadenada (2 Tim 2, 9).

3.7 Paso de una pastoral que considera a la Iglesia como el objeto preferencial de Dios a una pastoral que asume el mundo como el objeto preferencial de Dios

A nosotros, miembros de la Iglesia, nos puede suceder el hecho de estar convencidos de que Dios nos tiene una preferencia especial por ser su Iglesia y tal vez alcanzamos a intuir que nos hace una especial reverencia o mejor nos da un signo de especial cariño. Sin embargo, no nos damos cuenta de que nuestras espaldas hay algo más, el mundo y es hacia él que Dios dirige su preferencial cariño. ¿Cuándo se ha leído que Dios amó tanto a la Iglesia que envió a su Hijo para salvarla? Nunca. En cambio se lee algo muy especial:

Pues Dios amó tanto al mundo, que dio a su Hijo único, para que todo aquel que cree en Él no muera, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para condenarlo, sino para salvarlo por medio de Él (Jn 3, 16-17).

 

CONCLUSIÓN

A partir de la visión de la misión de la Iglesia que san Juan Pablo II nos ha ofrecido en la Redemptoris Missio, hemos determinado tres modalidades de misión: Pastoral, Nueva Evangelización y Misión ad gentes, cuyo corazón es el primer anuncio. La actual situación del mundo nos lleva a darnos cuenta de que las tres son muy necesarias no sólo porque hay familias cristianas que viven al lado de familias ex-cristianas y de familias aún no cristianas, sino porque hoy descubrimos estos destinatarios (interlocutores) en una misma familia. Por eso, la misión de la Iglesia hoy debe comprender las tres modalidades indicadas por el santo Papa.

La misión continental quiere favorecer y motivar una misión de la Iglesia que considere las tres modalidades y a esta misión se le ha llamado Pastoral misionera.

La misión continental, lejos de oponerse a la Misión ad gentes, es su gran aliada. No hay oposición entre ser el buen pastor que da la vida por sus ovejas y ser el gran pionero que, a la manera de Pablo, quiere llegar a todos los pueblos con el primer anuncio de Jesús, signo del amor del Padre, Salvador, Señor y Santificador.

El mundo espera de nuestra Iglesia latinoamericana y caribeña un compromiso más significativo con la misión universal en todos los Continentes. Para no caer en la trampa de encerrarnos en nosotros mismos, debemos formarnos como discípulos misioneros sin fronteras, dispuestos a ir “a la otra orilla”, aquélla en la que Cristo no es aún reconocido como Dios y Señor, y la Iglesia no está todavía presente (DA 376).


[1] Ver,Stark, Rodney, Ascesa e affermazione del cristianesimo, Ed. Landau, Torino 2007, pp. 49-71.

[2] Véase, Stark, Rodney, o.c., p. 71.

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