Fundamentos Teológicos

ASPECTOS DOCTRINALES DE LA

CONGREGACIÓN PARA LA  DOCTRINA DE LA FE

 

Enfermedad y Curación: Su sentido y valor en la economía de la salvación.

“El hombre está llamado a la alegría, pero experimenta diariamente tantísimas formas de sufrimiento y de dolor”. Por eso el Señor, al prometer la redención, anuncia la alegría del corazón unido a la liberación del sufrimiento (Cf. Is 30, 29; 35, 10; Ba 4, 29) En efecto, él es “el que libra de todo mal” (Sb 16, 8) Entre los sufrimientos, los que acompañan a la enfermedad son una realidad continuamente presente en la historia humana, y son también objeto del profundo deseo del hombre de ser liberado de todo mal.

En el Antiguo Testamento, “Israel experimenta que la enfermedad está vinculada, de una manera misteriosa, al pecado y al mal”. Entre los castigos con los que Dios amenazaba al pueblo por su infidelidad, encuentran un amplio espacio las enfermedades (Cf. Dt. 28, 21-22. 27-29. 35) El enfermo que implora de Dios la curación, confiesa que ha sido justamente castigado por sus pecados (Cf. Sal 38; 41; 107, 17-21)

Pero la enfermedad hiere también a los justos, y el hombre se pregunta el porqué. En el libro de Job este interrogante aparece muchas veces en sus páginas. “Si es verdad que el sufrimiento tiene un sentido como castigo cuando está unido a la culpa y tenga un carácter de castigo. La figura del justo Job es una prueba elocuente en el Antiguo Testamento (....) Y si el Señor consiente  en probar a Job con el sufrimiento, lo hace para demostrar su justicia. El sufrimiento tiene carácter de prueba”

También la primera Evangelización, según las indicaciones del Nuevo Testamento, fue acompañado de numerosa curaciones prodigiosas que corroboraban la potencia del anuncio evangélico. Esta había sido la promesa hecha por Jesús resucitado, y las primeras comunidades cristianas veían su cumplimiento en medio de ellas: “Estas son las señales que acompañarán a los que crean: (...) impondrán las manos sobre los enfermos y se pondrán bien” (Mc. 16, 17-18). La predicación de Felipe en Samaría fue acompañada por curaciones milagrosas: “Felipe bajó a una Ciudad de Samaría y les predicaba a Cristo. La gente escuchaba con atención y con un mismo espíritu lo que decía Felipe, porque lo oían y veían las señales que realizaba; pues de muchos poseídos salían los espíritus inmundos dando grandes voces, y muchos paralíticos y cojos quedaron curados” (Hch. 8, 5-7) San Pablo presenta su anuncio del Evangelio como caracterizado por signos y prodigios realizados con la potencia del Espíritu: “Pues no me atreveré a hablar de cosa alguna que Cristo no haya realizado por medio de mí para conseguir la obediencia de los gentiles, de palabra y de obra, en virtud de señales y prodigios, en virtud del Espíritu de Dios” (Rm.15, 18-19; cf1 Ts1, 5; 1 Co.2, 4-5)

La victoria mesiática sobre la enfermedad, así como sobre otros sufrimientos humanos, no se da solamente a través de su eliminación por medio de curaciones portentosas, sino también por medio del sufrimiento voluntario e inocente de Cristo en su pasión y dando a cada hombre la posibilidad de asociarse a ella.

En efecto, “el mismo Cristo, que no cometió ningún pecado, sufrió en su pasión penas y tormentos de todo tipo, e hizo suyos los dolores de todos los hombres: Cumpliendo así lo que de Él había escrito el profeta Isaías (Cf. Ls 53, 4-5)” Más aún: “En la cruz de Cristo no sólo se ha cumplido la redención mediante el sufrimiento, sino que el mismo sufrimiento humano ha quedado redimido. (...) Llevando a efecto la redención mediante el sufrimiento, Cristo ha elevado juntamente el sufrimiento humano a nivel de redención. Por consiguiente, todo hombre en su sufrimiento, puede hacerse también partícipe del sufrimiento redentor de Cristo”

La Iglesia acoge a los enfermos no solamente como objeto de su cuidado amoroso, sino también porque reconoce en ellos la llamada “a vivir su vocación humana y cristiana y a participar en el crecimiento del Reino de Dios con nuevas Modalidades, incluso más valiosa. Las palabras del apóstol San Pablo, han de convertirse en su programa de vida; más aún, son luz que hace resplandecer a sus ojos el significado de gracia de su misma situación: “Completo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo, a favor de su Cuerpo, que es la Iglesia” (Col. 1,24) Precisamente haciendo este descubrimiento, el Apóstol alcanzó la alegría: “Ahora me alegro por los padecimientos que soporto por vosotros” (Col 1,24)

 

EL DESEO DE CURACIÓN Y LA ORACIÓN PARA OBTENERLA

Supuesta la aceptación de la voluntad de Dios, el deseo del enfermo de obtener la curación es bueno y profundamente humano, especialmente cuando se traduce en oración llena de confianza dirigida a Dios. A ella exhorta el Sirácida: “Hijo, en tu enfermedad no te deprima, sino ruega al Señor, que El te curará” (Sí 38,9. Varios Salmos constituyen una súplica de curación (Cf. Sal 6; 38; 41;88)

Durante la actividad pública de Jesús, muchos enfermos acuden a Él, ya directamente, ya por medio de sus amigos o parientes, implorando la devolución de la salud. El Señor acoge estas súplicas y los Evangelios no contienen la más mínima crítica a tales peticiones. El único lamento del Señor tiene que ver con la posible falta de fe: ¿Qué es eso de sí puedes?

Todo es posible para quien cree” (Mc 9-23; cf Mc 6, 5-6; Jn 4, 48)

Obviamente, el recurso a la oración no excluye, sino que, al contrario, anima a usar los medios naturales para conservar y recuperar la salud, así como también incita a los hijos de la Iglesia a cuidar a los enfermos y a llevarles alivio en el cuerpo y en el espíritu, tratando de vencer la enfermedad. En efecto, “es parte del plan de Dios y de su providencia que el hombre luche con todas sus fuerzas y contra la enfermedad en todas sus manifestaciones, y que se emplee, por todos los medios a su alcance, para conservarse sano”.

 EL CARISMA DE CURACIÓN EN EL NUEVO TESTAMENTO

Los hechos de los Apóstoles hacen referencia en general a prodigios obrados por ellos “Los Apóstoles realizaban muchos prodigios y señales” (Hch 2, 43; Cf. 5, 12) Eran prodigios y señales, o sea, obras portentosas que manifestaban la verdad y la fuerza de su misión. Pero aparte de estas breves indicaciones genéricas, los Hechos hacen referencia sobre todo a curaciones milagrosas realizadas por obra de los Evangelizadores: Esteban (Cf. Hch6, 8), Felipe (Cf. Hch 8, 6-7), y sobre todo Pedro (Cf. Hch 3, 1-10; 5, 15; 9, 33-34, 40-41) y Pablo (Cf. Hch 14, 3. 8-10; 15, 12; 19, 11-12; 20, 9-10; 28, 8-9)

El final del evangelio de San Marcos, al igual que la carta a los Gálatas, como hemos visto antes, amplía la perspectiva y no limitan las curaciones milagrosas a la actividad de los Apóstoles o de algunos Evangelizadores con un papel de relieve en la primera misión. Bajo este aspecto, adquieren especial importancia las referencias a los “carismas de curación” (Cf. Co 12, 9-28, 30) El significado de carisma es, en sí mismo, muy amplio: significa “don generoso”; y en este caso se trata de “dones de curación ya obtenidos”. Estas gracias, en plural, son atribuidas a un individuo (Cf. 1 Co 12,9); por lo tanto no se pueden entender en sentido distributivo, como si fueran curaciones que cada uno de los beneficiados obtiene para sí mismo, sino como un don concedido a una persona para que obtenga las gracias de curaciones a favor de los demás. Ese don se concede en un solo Espíritu, pero no sé específica cómo obtiene las curaciones aquella persona. No es arbitrario sobre entender que lo hace por medio de la oración, tal vez acompañada de algún gesto simbólico.

En la carta de Santiago se hace referencia a una intervención de la Iglesia, por medio de los presbíteros, a favor de la salvación de los enfermos, entendida también en sentido físico. Sin embargo, no se da a entender que se trate de curaciones prodigiosas; nos encontramos en un ámbito diferente al de los “carismas de curación” de 1 Co 12, 9 “Está enfermo alguno entre vosotros”. Llame a los presbíteros de la Iglesia, que oren sobre él y lo unjan con óleo en el nombre del Señor.

Y la oración de la fe salvará al enfermo y el Señor lo levantará, y si hubiera cometido pecados, le serán perdonados” (St 5, 14-15) Se trata de una acción sacramental: unción del enfermo con óleo y oración sobre él, no simplemente “Por él”, como si no fuera más que una oración de intercesión o de petición; se trata, más bien, de una acción eficaz sobre el enfermo.

Los verbos “salvará” y “Levantará” no sugieren una acción dirigida exclusivamente, o sobre todo, a la curación física, pero en cierto modo la incluyen. El primer verbo, aunque las otras veces que aparece en la carta se refiere a la salvación espiritual (Cf. 1, 21; 2, 14; 4, 12; 5,20), en el Nuevo Testamento se usa también en el sentido de “curar” (Cf. MT 9, 21; Mc 5, 28 34; 6, 56; 10, 52; Lc 8, 48); el segundo verbo, aunque asume a veces el sentido de “resucitar” (Cf Mt 10, 8; 11,5; 14,2), también se usa para indicar el gesto de “levantar” a la persona postrada a causa de una enfermedad, curándola milagrosamente (Cf Mt 9, 5; Mc 1, 31; 9,27; Hch 3,7)

 

 “ EL CARISMA DE CURACIÓN” EN EL CONTEXTO ACTUAL

A lo largo de los siglos de la historia de la Iglesia no han faltado Santos taumaturgos que han obrado curaciones milagrosas. El fenómeno, por lo tanto, no se limita a los tiempos apostólicos; sin embargo, el llamado “carisma de curación”, acerca del cual es oportuno ofrecer ahora algunas aclaraciones doctrinales, no entra en esos fenómenos taumatúrgicos. La cuestión se refiere más bien a los encuentros de oración organizados expresamente para obtener curaciones prodigiosas entre los enfermos participantes, o también a las oraciones de curación que se tienen al final de la comunión eucarística con el mismo propósito.

Las curaciones vinculadas a lugares de oración (santuarios, recintos donde se custodia reliquias de mártires o de otros santos, etc.), han sido testimoniadas abundantemente a través de la historia de la Iglesia. Han contribuido a popularizar, en la antigüedad y en el medio, las peregrinaciones a algunos santuarios que, también por esta razón, se hicieron famosos, como el de San Martín de Tours o la Catedral de Santiago Compostela, y tanto otros. También actualmente sucede lo mismo, como por ejemplo en Lourdes, desde hace más de un siglo. Esas curaciones no implican un “carisma de curación”, ya que no pueden atribuirse a un eventual sujeto de tal carisma; sin embargo, es necesario tenerlas en cuenta cuando se trate de evaluar doctrinalmente los encuentros de oración ya mencionados.

En los Santuarios también son frecuentes otras celebraciones que, en sí, no están orientadas específicamente a pedirle a Dios gracias de curaciones, y sin embargo, en la intención de los organizadores y de los participantes, tienen como parte importante de su finalidad la obtención de la curación; se realizan por esta razón celebraciones litúrgicas, como por ejemplo la exposición del Santísimo sacramento con la bendición, o no litúrgica, sino actos de piedad popular, recomendados por la Iglesia, como el rezo solemne del Rosario. También estas celebraciones son legítimas, siempre que no se altere su auténtico sentido, por ejemplo, no se puede poner en primer plano el deseo de obtener la curación de los enfermos, haciendo perder a la exposición de la Santísima Eucaristía su propia finalidad; esa exposición, en efecto “lleva a los fieles a reconocer en la Eucaristía la presencia admirable de Cristo y los invita a la unión de espíritu con él, unión que encuentra su culmen en la Comunión Sacramental”.

El “carisma de curación” no puede ser atribuido a una determinada clase de fieles. En efecto, queda bien claro que San Pablo, cuando se refiere a los diferentes “carismas de curación” en 1° Co. 12, no atribuye el don de los “carismas de curación” a un grupo particular, ya sea el de los apóstoles, el de los profetas, el de los maestros, el de los que Gobiernas o algún otro; al contrario, es diversa la lógica que guía su distribución: “Todas estas cosas las obras un mismo y único Espíritu, distribuyéndolas a cada uno en particular según su voluntad” (1 Co. 12,11) Por consiguiente, en los encuentros de oración organizados para pedir curaciones, sería arbitrario un “carisma de curación a cierta categoría de participantes, por ejemplo, los dirigentes del grupo; no  queda otra opción que la de confiar en la libérrima voluntad del Espíritu Santo, el cual dona a algunos un carisma especial de curación para manifestar la fuerza de la gracia del Resucitado. Por otra parte, ni siquiera las oraciones más intensas obtienen la curación de todas las enfermedades. Así el Señor dice a San Pablo: “mi gracia té basta, pues mi fuerza se muestra perfecta en la debilidad” (2 Co. 12,9); y San Pablo mismo, refiriéndose al sentido de los sufrimientos que hay que soportar, dirá: “completo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo, a favor de su cuerpo, que es la Iglesia” (Col. 1,24)

 

DISPOSICIONES DISCIPLINARIAS

Art. 1- Lo fieles son libres de elevar oraciones a Dios para obtener la curación. Cuando éstas se realizan en una Iglesia o en otro lugar Sagrado, es conveniente que sean guiadas por un Sacerdote o un diácono.

Art.  2- Las oraciones de curación son litúrgicas si aparecen en los libros litúrgicos aprobados por la autoridad competente de la Iglesia; de lo contrario no son litúrgicas.

Art. 3- (1) Las oraciones litúrgicas de curación deben celebrarse de acuerdo con el rito prescrito y con las vestiduras sagradas indicadas en el Ordo benedictinos Infirmorum del Rituale Romanum.

(2) Las Conferencias Episcopales, de acuerdo con lo establecido en los Praenotanda, V. De Aptationibus quae Conferentiae Episcoporum Competunt, del mismo Rituale Romanum, pueden introducir adaptaciones al rito de las bendiciones de los enfermos, que se consideren pastoralmente oportunas o eventualmente necesarias, previa revisión de la Sede Apostólica.

Art. 4- (1) El Obispo Diocesano tiene derecho a emanar normas para su Iglesia particular sobre las celebraciones litúrgicas de curación, de acuerdo con el C. 838 (4)

(2) Quienes preparan los mencionados encuentros litúrgicos, en su realización deben atenerse a tales normas.

(3) El permiso debe ser explícito, incluso cuando las celebraciones son organizadas o cuentan con la participación de Obispos o Cardenales. El Obispo Diocesano tiene derecho a prohibir tales acciones a otro obispo, siempre que exista una causa justa y proporcionada.

Art. 5- (1) Las oraciones de curación no litúrgicas se realizan con modalidades distintas de las celebraciones litúrgicas, como encuentros de oración o lectura de la palabra de Dios, sin menoscabo de la vigilancia del Ordinario del lugar, a tenor del C. 839 (2)

(2) Evítese cuidadosamente cualquier tipo de confusión entre estas oraciones libres no litúrgicas y las celebraciones litúrgicas propiamente dichas.

(3. Es necesario, además, que durante su desarrollo no se llegue, sobre todo por parte de quienes los guían, a formas semejantes al histerismo, a la artificiosidad, a la teatralidad o al sensacionalismo.

Art. 6- El uso de los medio de comunicación social, en particular la televisión, mientras se desarrollan las oraciones de curación, litúrgica o no litúrgica, queda sometido a la vigilancia del Obispo Diocesano, de acuerdo con el C. 823, y a las normas establecidas por la Congregación para la doctrina de la fe en la Instrucción del 30 de Marzo de 1992.

Art. 7- (1) Manteniéndose lo dispuesto más arriba en el Art. 3, y salvar las funciones para los enfermos previstos en los libros litúrgicos, en las celebraciones de la Santísima Eucaristía de los Sacramentos y de la liturgia de las Horas no se deben introducir oraciones de curación, litúrgicas o no litúrgicas.

(2) Durante las celebraciones, a las que hace referencia el (1), se da la posibilidad de introducir intenciones especiales de oración por la curación de los enfermos en la oración común o “de los fieles”, cuando ésta sea prevista.

Art. 8- El Ministerio del exorcistado se debe desempeñar en estrecha dependencia del Obispo Diocesano, y de acuerdo con el C. 1172, la carta de la Congregación para la Doctrina de la fe del 29 de Septiembre de 1985 y el Rituale Romanum.

(2) Las oraciones de exorcismo, contenidas en el Rituale Romanum, deben permanecer distintas de la oraciones usadas en las celebraciones de curación, litúrgicas y no litúrgicas.

(3) Queda absolutamente prohibido introducir tales oraciones de exorcismo en la celebración de la Santa Misa, de los Sacramentos o de la liturgia de las Horas.

Art. 9- Quienes guían las celebraciones de curación, litúrgicas y no litúrgicas, se deben esforzar por mantener un clima de serena devoción en la Asamblea y usar la prudencia necesaria si se produce alguna curación entre los presentes; concluida la celebración, podrán recoger con sencillez y precisión los eventuales testimonios y someter el hecho a la autoridad Eclesiástica competente.

Art. 10- La intervención del Obispo Diocesano es justa y necesaria cuando se verifique abusos en las celebraciones de curación, litúrgicas y no litúrgicas, en caso de evidente escándalo para la comunidad de los fieles y cuando se produzcan graves desobediencias a las normas litúrgicas y disciplinarias.

El Sumo Pontífice Juan Pablo II, en el curso de la audiencia concedida al prefecto, ha aprobado la presente Instrucción, decidida en la reunión ordinaria de esta Congregación, y ha ordenado su publicación.

Roma, en  la Sede de la Congregación para la Doctrina de la Fe,

14 de Septiembre de 2000, fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz.