LA IDENTIDAD MISIONERA DEL PRESBÍTERO

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LA IDENTIDAD MISIONERA DEL PRESBÍTERO EN LA IGLESIA COMO DIMENSIÓN INTRÍNSECA DEL EJERCICIO DE LOS TRIA MUNERA

Presentación de la carta circular de la Congregación para el Clero:

«La identidad misionera del Presbítero en la Iglesia como dimensión intrínseca del ejercicio de los tria munera»

Del Cardenal Mauro Piacenza, Prefecto

La Congregación para el Clero ofrece de buen grado la carta circular «La identidad misionera del Presbítero en la Iglesia como dimensión intrínseca del ejercicio de los tria munera», que representa uno de los frutos de la última Asamblea Plenaria, que tuvo lugar en marzo de 2009.

Como premisa indispensable al texto, se ha considerado oportuno volver a proponer la Alocución que el Santo Padre dirigió a los participantes en la Plenaria, el 16 de marzo de 2009, en la cual se hallan tanto las directrices fundamentales para interpretar la carta, que derivan del marco teológico de Benedicto XVI, como los puntos de referencia irrenunciables para la labor misma del Dicasterio, sobre todo en algunas cuestiones actuales, de crucial importancia para la vida de la Iglesia.

Los Padres de la Plenaria concordaban a la hora de reconocer, entre las prioridades de la Iglesia contemporánea, la necesidad de un renovado compromiso misionero. El avance progresivo y constante de la secularización, con la consiguiente destrucción de las estructuras culturales y sociales que contribuían de manera relevante a la transmisión de la fe, sugiere un verdadero «salto» de responsabilidad, tanto por lo que se refiere a la misión ad gentes, como respecto al ejercicio diario del Ministerio, que requiere que se viva de forma auténticamente apostólica y, por tanto, misionera.

La carta se detiene sólo brevemente en la necesidad de la misión y en la teología y espiritualidad de la misionariedad, fundándolas explícitamente en la misión misma de Cristo, de la cual los sacerdotes participan, en virtud de la Ordenación sacramental.

En cambio, se detiene más extensamente en la necesidad universal de una renovada práctica misionera (cf. § 3 de la carta), la cual depende, en primer lugar, de la conciencia que cada uno tiene de ser discípulo. En efecto, no se da una verdadera eficacia pastoral y misionera si uno no se concibe –y no es afectiva y efectivamente– «discípulo del Señor». La misión, en ese sentido, no es tanto una organización de eventos, cuyo éxito estaría vinculado a las capacidades humanas, ni mucho menos una estrategia de progresivo «adoctrinamiento universal». ¡La misión acontece y es eficaz donde vive, reza, sufre y actúa un verdadero discípulo de Cristo!

Profundizar la condición de discípulo es el elemento constitutivo de toda posible renovada práctica misionera. Si nuestras Iglesias particulares, nuestras comunidades y nuestras personas no sienten urgentemente la exigencia de anunciar a Cristo a todos aquellos con los que nos encontramos, la primera fundamental y urgente pregunta que debemos plantearnos es: «¿Cuánto somos discípulos de Jesús de Nazaret, Señor y Cristo?».

La misionariedad, en efecto, no es algo que se añade desde fuera a la estructura de la Iglesia, sino que es casi una nota, íntimamente vinculada a la catolicidad y a la apostolicidad. La carta habla del «arraigo trinitario, cristológico y eclesiológico del Ministerio de los sacerdotes como fundamento de la identidad misionera» (cf. § 2).

Del ser discípulos, que incluye la dimensión de la comunión eclesial, derivan tanto la apertura a la universalidad católica de la misión ad gentes, como el florecer de la sana creatividad, que permite una evangelización auténticamente misionera, y que, al tener como único objetivo real el encuentro personal, en la Iglesia, de todo hombre con Cristo Salvador, es capaz –como diría el Apóstol– «de hacerse todo para todos» (cf. 1Co 9, 22).

La carta, asimismo, en el § 3 da algunas indicaciones concretas, declinadas según los ámbitos del munus docendi, sanctificandi y regendi, remitiendo su explicación ulterior a posibles indicaciones de las Conferencias Episcopales nacionales. En cualquier caso, el espíritu del texto, que responde a la intención de los Padres de la Plenaria, es reavivar el celo apostólico y misionero de los sacerdotes, partiendo de la profundización de su identidad y subrayando la importancia de la formación en todos los niveles. «La formación es absolutamente determinante para el futuro de la Iglesia. Un sacerdote con una clara identidad específica, con una sólida formación humana, intelectual, espiritual y pastoral, generará más fácilmente nuevas vocaciones, porque vivirá la Consagración como misión y, con la alegría y la certeza del amor del Señor por su existencia sacerdotal, sabrá difundir el “buen olor de Cristo” a su alrededor, y vivir cada instante de su Ministerio como una ocasión misionera» (cf. § 3.4).

Mi deseo es que la carta circular contribuya a sostener el compromiso misionero diario de los sacerdotes, con la conciencia que deriva de este, y en cierto modo depende fundamentalmente de la acogida orante de la obra del Espíritu en su vida. Que la santísima Virgen María, Reina de los Apóstoles, sostenga el trabajo de cada uno y garantice amplia fecundidad apostólica a nuestro ministerio.

Vaticano, 21 de enero de 2011

Cardenal Mauro Piacenza

Prefecto

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