CATEQUESIS N0 4: «ID A LOS CRUCES DE LOS CAMINOS»

  1. Enfoque

La misión es un dinamismo constante de «salida». Ya explicábamos en la primea catequesis que la misión surge en el momento en que, del seno de la Trinidad, una de las personas divinas toma parte en la historia de la humanidad. A esto le llamamos el sentido teológico de la misión. Pero como la comunidad de creyentes debe reproducir en su praxis pastoral esa misma dinámica de salida, entonces el quietismo vendría a ser un comportamiento contrario a lo que decimos creer. No es normal para un cristiano encerrarse o estar quieto. En ese caso estaríamos de frente a una persona enferma y, por tanto, incapacitada para la misión.

Ahora bien, mantenerse en un estado de salida tiene sus riesgos. Cuando analizamos la vida de Jesús, notamos eso, es decir, que él padeció porque salió del seno de la Trinidad. Se expuso. En este sentido, si nosotros decimos creer en él, aceptamos la posibilidad de recorrer el mismo camino de sufrimiento. Esto ya quedó plasmado en los documentos del Concilio Vaticano II: «Pero como Cristo efectuó la redención en la pobreza y en la persecución, así la Iglesia está llamada a seguir ese mismo camino para comunicar a los hombres los frutos de la salvación» (LG, n. 8).

En un sentido misionero, el dinamismo de salida es normal. Los discípulos van proclamando el Evangelio de la vida y con un olfato carismático inspirado por el Espíritu Santo descubren aquellos ambientes donde es más necesario.

El Evangelio de Mateo nos transmite la historia de un banquete nupcial convocado por un Rey con motivo del matrimonio de su hijo, al que los invitados oficiales no acuden por diversos motivos, incluso algunos matan a los criados que les hacen la invitación y el rey indignado cambia de actitud y hace una invitación abierta al que quiera participar de la fiesta (cfr. Mt 22,1-14). La parábola se refiere al rechazo que los judíos hicieron en ese momento a la predicación de Jesús, pero vale también para nuestros días, en el sentido que todos estamos llamados a formar parte del Reino de Dios, pero no todos aceptamos esa invitación. Sin embargo, lo que nos interesa es la actitud del Rey que no se desalienta por el rechazo inicial a su invitación. Al contrario, dice a sus discípulos: «Id, pues, a los cruces de los caminos y, a cuantos encontréis, invitadlos a la boda» (Mt 22,9).

El hecho de que en muchas regiones del mundo se cierren las puertas a la predicación evangélica, incluso con el recurso a la violencia, no debe ser motivo para privarnos de proponer el mensaje de la Buena Nueva. En otras regiones no se hace recurso a la violencia física pero sí hay un ambiente hostil a la predicación evangélica, zonas descristianizadas que se auto-comprenden como post-cristianas.

La narración advierte también que formar parte de los discípulos no nos exime de las exigencias anejas a ese estado de vida. El traje de bodas del que habla el Evangelio se refiere a un modo de vida y un estilo de comportamiento conforme a los valores del Reino: «Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin traje de boda?» (22,12). Del mismo, no podemos conformarnos con formar parte de la masa cristiana que puebla el mundo, al contrario, estamos llamados a inscribirnos en el grupo de los discípulos, que se esfuerzan por abrir un espacio en la historia a la acción del Espíritu Santo, a eso se refiere cuando dice el texto: «muchos son los llamados, mas pocos los escogidos» (Mt 22,14).

Los cruces de los caminos vienen a ser hoy esas áreas culturales o areópagos modernos de los que nos habla la Encíclica Redemptoris Missio (n. 37). Pero como dice ese mismo documento en el n. 38: «Nuestro tiempo es dramático y al mismo tiempo fascinador. Mientras por un lado los hombres dan la impresión de ir detrás de la prosperidad material y de sumergirse cada vez más en el materialismo consumístico, por otro, manifiestan la angustiosa búsqueda de sentido, la necesidad de interioridad, el deseo de aprender nuevas formas y modos de concentración y de oración».

Es nuestra tarea agudizar los sentidos para ir descubriendo esos nuevos desafíos que nos plantea la realidad y encontrar creativamente las formas de hacerles frente desde nuestras posibilidades. Aquí cobran fuerza las palabras del Papa Francisco: «La alegría del Evangeliollena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús. Quienes se dejan salvar por Él son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento. Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría… quiero dirigirme a los fieles cristianos para invitarlos a una nueva etapa evangelizadora marcada por esa alegría, e indicar caminos para la marcha de la Iglesia en los próximos años» (Evangelii Gaudium, n. 1).

  1. Escuchar al Papa

El Papa Francisco tiene como eje transversal de su pontificado la alegría, pero es una alegría que brota de la vivencia generosa del Evangelio, es importante tomarle la palabra. En su mensaje del Domund 2016 nos dice:

Todos los pueblos y culturas tienen el derecho a recibir el mensaje de salvación, que es don de Dios para todos. Esto es más necesario todavía si tenemos en cuenta la cantidad de injusticias, guerras, crisis humanitarias que esperan una solución. Los misioneros saben por experiencia que el Evangelio del perdón y de la misericordia puede traer alegría y reconciliación, justicia y paz. El mandato del Evangelio: «Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado» (Mt28,19-20) no está agotado, es más, nos compromete a todos, en los escenarios y desafíos actuales, a sentirnos llamados a una nueva «salida» misionera, como he señalado también en la Exhortación apostólicaEvangelii gaudium: «Cada cristiano y cada comunidad discernirá cuál es el camino que el Señor le pide, pero todos somos invitados a aceptar este llamado: salir de la propia comodidad y atreverse a llegar a todas las periferias que necesitan la luz del Evangelio» (20).

En Papa trata el tema en modo más extenso en su Exhortación Evangelii Gaiudium. Analicemos lo que dice en el n. 2:

El gran riesgo del mundo actual, con su múltiple y abrumadora oferta de consumo, es una tristeza individualista que brota del corazón cómodo y avaro, de la búsqueda enfermiza de placeres superficiales, de la conciencia aislada. Cuando la vida interior se clausura en los propios intereses, ya no hay espacio para los demás, ya no entran los pobres, ya no se escucha la voz de Dios, ya no se goza la dulce alegría de su amor, ya no palpita el entusiasmo por hacer el bien. Los creyentes también corren ese riesgo, cierto y permanente. Muchos caen en él y se convierten en seres resentidos, quejosos, sin vida. Ésa no es la opción de una vida digna y plena, ése no es el deseo de Dios para nosotros, ésa no es la vida en el Espíritu que brota del corazón de Cristo resucitado.

  1. La misión compartida

Predicar el Evangelio nunca ha sido tarea fácil: «Mirad que yo os envío como ovejas en medio de lobos» (Mt 10,16). Pablo, consciente de esa tendencia a suavizar las exigencias del Evangelio, exhortaba a los Romanos a no adecuarse a las modas del presente, al contrario invitaba a verse como «víctima viva», es decir, ser no solo un espectador sino involucrarse en primera persona en la predicación evangélica: «Os exhorto, pues, hermanos, por la misericordia de Dios, a que ofrezcáis vuestros cuerpos como una víctima viva, santa, agradable a Dios: tal será vuestro culto espiritual. Y no os acomodéis al mundo presente, antes bien transformaos mediante la renovación de nuestra mente, de forma que podáis distinguir cuál es la voluntad de Dios: lo bueno, lo agradable, lo perfecto» (Rm 12,1-2).

Las formas de un cristianismo light, suavizado y poco exigente, no reflejan las formas del cristianismo originario, al contrario son expresiones claras de una mundanización de la fe, adecuada ya a los mecanismos de dominio del mundo. Hay que sobreponernos a esa tendencia edulcorante de la fe cristiana. Una buena forma de lograrlo es hacer de nuestras comunidades, comunidades imbuidas de la misión, en un dinamismo constante de salida.

En este año jubilar en que se cumple el 90 aniversario de la Jornada Mundial de las Misiones, promovida por la Obra Pontificia de la Propagación de la Fe y aprobada por el Papa Pío XI en 1926, es una buena oportunidad para ponernos nuevas metas, replantear nuestra labor evangelizadora y orientarnos hacia una pastoral decididamente misionera.

Pautas para el diálogo:

  1. Identificar realidades en el entorno de nuestra comunidad que estén exigiendo una actitud de salida por parte nuestra, según lo que dice el Papa en su Mensaje: salir de la propia comodidad y atreverse a llegar a todas las periferias que necesitan la luz del Evangelio.
  2. Si nos planteáramos renovar el trabajo pastoral y evangelizador que estamos realizando, ¿qué acciones tomaríamos con aquellas áreas que presentan un estado deficitario? Supuesto que sepamos cuáles son esas áreas.
  3. Al cumplirse 90 años de la celebración del Domingo Mundial de las Misiones, ¿qué propuestas hacemos para darle mayor realce este año a esa celebración?

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